domingo, 4 de diciembre de 2011

Pedroche

Ordenar la memoria y despojarla de dolor, de tanto silencio, de tanta lejanía es lo que se ha querido hacer en Pedroche este fin de semana tan luminoso y frío. La historia es de todos y a todos nos pertenece, pero en ella hay huecos de sombra y una ausencia de datos y fechas que aún yacen sumergidos bajo las garras gélidas de la bruma. Las voces de Ángel, de Emilio y de Manolo, la luz compasiva que arde en el cine de Gerardo, junto al testimonio de Ernesto Caballero son lazos que unen el pasado y el presente, la poderosa penumbra del ayer con la felicidad frágil del hoy. Pues nunca arderá la alegría en nuestro pecho mientras no haya justicia y perdón para los débiles, mientras siga la ortiga creciendo en los recuerdos y el silencio hiele el ayer de los pastores que tendieron su honor, su clara dignidad, ante la soberbia sin límite del amo. Uno nació sin pedirlo, circunstancialmente, en el lado de los vencedores y su niñez se llenó de juguetes, de azules cumpleaños, de zapatos Gorila y cielos dulces con gaseosa, pero, en cambio, otros nacieron, sin pedirlo, en la pobreza enlutada de algún chozo y en sus cumpleaños hubo hojas con escarcha y bellotas mordidas por los dientes del invierno. La vida es injusta desde el día que nacemos. Y uno pide perdón, aunque ya de nada sirve, por haber sido feliz sin darse cuenta durante los años crujientes de su infancia y llora en silencio por las grietas de la historia, por los huecos de la memoria donde yace la niñez de los huérfanos, de los que pasaron hambre, la de aquellos que vieron la huella del dolor en los ojos desconsolados de sus padres que escondían las ideas en la habitación del miedo. Sólo el amor, y el perdón, nos reconcilia con aquellos que tanto sufrieron cuando niños por haber nacido en el lado de los parias, y aún es posible inyectar palabras suaves y fragmentos de amor en la voz de su memoria, tender nuestros brazos para unir, si aún puede ser, a esas dos Españas que siguen recelosas, alejándose aún más la una de la otra, como dos ciervas tristes que, al atardecer, se esquivan. La historia es de todos y todos cabemos dentro de ella; en Pedroche se ha visto la otra cara de la luna, aquella que tantos años se ocultó y hoy, cuando sale a la luz, según parece, sigue sin ser aceptada por los otros, por los que ayer la escribieron a su manera, poniendo hiel en la llaga del vencido. En Pedroche, este fin de semana, por sexta vez, se ha vuelto a encender la luz de esa memoria que está libre de odio, de inquina y de rencor, y rebosa esa paz que crepita en los humildes, en la clara voz de una España que aún espera el esbelto milagro de la reconciliación y el amor que ha de abrirnos hacia un único destino, un espacio común, una geografía sin límite, donde todos, al fin, respiremos como hermanos.

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